Mi mayor logro no fue aprobar un examen

Hoy quiero empezar este artículo compartiendo algo muy especial para mí: hoy presenté —y aparentemente aprobé— mi examen final de Aplicación Mental.

Digo “aparentemente” porque todavía falta que revisen la parte escrita, donde respondimos preguntas sobre casos prácticos y sobre la manera en que este método ha impactado nuestra propia vida. Pero mientras llega la calificación definitiva, yo llevo todo el día con una pequeña danza de felicidad en la cabeza.

Y no es solamente por aprobar un examen.

Tampoco es por sumar un certificado más a mi lista de estudios.

Es por lo que representan un año y ocho meses estudiando, observándome y tratando de llevar a la práctica lo aprendido.

Porque una cosa es estudiar un método y otra muy distinta comenzar a verlo reflejado en la manera en que reaccionas ante la vida.

No, no me he convertido en una persona que nunca se enoja, nunca tiene miedo y siempre piensa maravillosamente. Para nada.

De vez en cuando, la loca de la casa —como me gusta llamar cariñosamente a mi mente cuando empieza a correr de un pensamiento a otro— se alborota y quiere tomar el control.

La diferencia es que ahora muchas veces puedo reconocerla.

Pero… ¿qué es Aplicación Mental?

Para quienes nunca han escuchado hablar de ella, Aplicación Mental es un método de trabajo personal que parte de algo aparentemente sencillo, pero que requiere mucha práctica: aprender a observar nuestros pensamientos, razonarlos y trabajar conscientemente sobre nuestra manera de pensar y actuar.

Una de las cosas que más me ha enseñado es a dirigir la atención hacia aquello sobre lo que sí tengo capacidad de actuar.

No puedo controlar lo que otra persona piensa.
No puedo controlar cómo alguien va a reaccionar.
No puedo controlar todas las circunstancias que aparecen en mi vida.

Pero sí puedo comenzar a observar qué estoy pensando yo, qué estoy alimentando mentalmente y cómo estoy respondiendo ante lo que ocurre.

Y eso, aunque parezca pequeño, puede cambiar muchísimo nuestra experiencia.

Precisamente sobre esto apareció una pregunta en mi examen final:

¿Cuál ha sido tu mayor logro desde que estudias Aplicación Mental?

Tuve que detenerme a pensar.

Porque mi progreso con este método ha sido, precisamente, progresivo.

No hubo un día en el que desperté y de repente era otra persona. Ha sido un proceso constante de observar pensamientos, reconocer patrones, cuestionar algunas de mis interpretaciones y tratar de elegir conscientemente una respuesta diferente.

Dentro de ese proceso hay dos experiencias que considero especialmente significativas.

Cuando entendí que tenía que empezar por mí

La primera ocurrió cuando apenas comenzaba el diplomado.

En ese momento estaba atravesando la separación del papá de mi hijo. Daniel tenía cuatro años y comenzó a tartamudear.

Había momentos en los que parecía quedarse atorado en una palabra y no lograba terminar de expresar lo que quería decir. En algunas ocasiones llegaba incluso a golpearse la cabeza, como tratando de “destrabarse”.

Como mamá, verlo así me preocupaba muchísimo y busqué apoyo profesional para él.

Yo había estudiado anteriormente Biodescodificación y conocía interpretaciones que, desde ese enfoque, relacionan ciertos síntomas con experiencias emocionales. Pero independientemente de cuál fuera la causa de lo que estaba ocurriendo con Daniel, durante mis estudios de Aplicación Mental comprendí algo que para mí fue fundamental:

había una parte de aquella situación sobre la que sí podía trabajar: yo.

Podía observar cómo estaba viviendo ese momento. Podía revisar cómo hablaba con mi hijo. Podía preguntarme qué estaba transmitiendo con mis palabras, mis acciones y mi propia manera de reaccionar.

En Aplicación Mental utilizamos una herramienta de trabajo personal llamada la Agenda. En ella escribimos y trabajamos de manera constante pensamientos que queremos comprender, corregir o fortalecer.

Una de las prácticas consiste en formular lo que llamamos una línea de pensamiento espiritual: una declaración que expresa la cualidad, actitud o manera de actuar que queremos desarrollar conscientemente.

La primera que escribí relacionada con mi hijo decía:

“Yo soy feliz porque soy la mamá más amorosa, que habla a su hijo con cariño, edificándolo y fortaleciéndolo. Transmito amor con mis palabras y acciones, y Daniel se siente amado, escuchado y protegido.”

No quería simplemente repetir una frase bonita.

El verdadero trabajo estaba en preguntarme todos los días:

¿Estoy viviendo de acuerdo con esto?

¿Lo estoy escuchando?

¿Mis palabras lo fortalecen?

¿Mis acciones le transmiten amor y seguridad?

Comencé a trabajar esa línea diariamente y, sobre todo, a intentar llevarla a mi comportamiento.

Aproximadamente dos meses después, Daniel dejó de tartamudear.

No puedo afirmar que mi trabajo mental haya sido la causa de ese cambio; su tartamudeo podía estar influido por distintos factores y yo había buscado también apoyo profesional. Pero aquella experiencia produjo un cambio muy profundo en mí.

Hasta el día de hoy, cuando la cuento, se me hace un nudo en la garganta.

Porque fue uno de los primeros momentos en los que comprendí algo que sigo intentando aplicar:

cuando una situación me preocupa, antes de obsesionarme con cambiar lo que está afuera, puedo preguntarme qué puedo trabajar dentro de mí y qué acciones concretas están en mis manos.

El segundo logro: atreverme a ser vista

Mi otro gran logro parece completamente diferente, pero para mí nace exactamente del mismo trabajo interior.

Ha sido atreverme a crear Conciencia Aplicada y Fibonacci Way.

Conciencia Aplicada nació con la intención de crear un espacio donde diferentes herramientas de desarrollo personal, autoconocimiento y espiritualidad pudieran encontrarse.

Poco a poco esa idea comenzó a crecer.

Creamos un directorio de terapeutas, coaches, maestros y grupos comunitarios para que las personas puedan conocer diferentes alternativas y encontrar recursos para sus propios procesos.

Después nació Conversaciones de Conciencia, nuestro espacio de entrevistas, donde conversamos con terapeutas, coaches, maestros y otras personas para conocer no solamente qué hacen, sino quiénes son, cómo llegaron a ese camino y qué han aprendido a través de él.

Y paralelamente nació Fibonacci Way, mi proyecto personal, donde estoy integrando mis formaciones y los talleres y acompañamientos que realizo.

Pero cuando pienso en estos proyectos, mi logro más importante no es haber creado una página web, publicado un artículo, organizado un taller o grabado una entrevista.

Es haberme atrevido a hacerlo.

El miedo no siempre tiene que desaparecer para avanzar

Durante mucho tiempo tuve miedo de ser vista.

Miedo a ser juzgada.

Miedo a preguntarme: ¿Quién soy yo para hacer esto?

Y también tenía —y todavía trabajo en ello— mucha impaciencia.

Quería ver resultados rápidamente. Si hacía algo y no obtenía inmediatamente la respuesta que esperaba, podía sentir que no estaba funcionando.

Aplicación Mental me ha ayudado a comprender algo que intelectualmente parece obvio, pero que emocionalmente no siempre es tan fácil aceptar:

todo desarrollo es gradual.

Hoy puedo verlo incluso en cosas pequeñas.

Cuando comenzamos nuestras entrevistas, el primer video tuvo alrededor de 192 vistas. El siguiente se acercó a 300. Otro llegó aproximadamente a 500.

Tal vez antes habría mirado esos números pensando únicamente en todo lo que faltaba.

Hoy trato de mirar también lo que ya ocurrió:

192 → 300 → 500.

Hay movimiento.

Hay aprendizaje.

Hay progreso.

Y esa manera de mirar las cosas ha comenzado a cambiar muchas otras áreas de mi vida.

Entonces, ¿cuál ha sido realmente mi mayor logro?

Después de escribir mi respuesta para el examen me di cuenta de que mis dos grandes logros aparentemente hablaban de cosas externas: mi experiencia como mamá y la creación de mis proyectos.

Pero en realidad ambos hablan de lo mismo.

De la persona que estoy aprendiendo a ser.

Mi mayor logro desde que estudio Aplicación Mental no es un certificado.

No es Conciencia Aplicada.

No es Fibonacci Way.

Ni siquiera es haber aprobado —esperemos que oficialmente— el examen de hoy.

Mi mayor logro ha sido aprender a trabajar conmigo misma.

Reconocer algunos de mis miedos.

Cuestionar pensamientos que durante mucho tiempo asumí como verdades.

Desarrollar paciencia.

Observar mis reacciones.

Y atreverme a hacer cosas aun cuando una parte de mí tenga miedo de ser vista o juzgada.

Todavía tengo muchísimo que aprender.

Todavía hay situaciones en las que reacciono antes de razonar.

Todavía aparece la impaciencia.

Todavía se alborota la loca de la casa.

La diferencia es que ahora sé que puedo sentarme con ella y preguntarle:

¿Qué estás pensando?

¿Esto que estás pensando es realmente verdad?

¿Cómo quieres responder ante lo que está ocurriendo?

Y quizá eso sea lo más valioso que me llevo después de este año y ocho meses.

Comprender que transformarnos no significa convertirnos de un día para otro en alguien completamente diferente.

Significa aprender a observarnos y hacer pequeñas correcciones.

Una y otra vez.

Pensamiento por pensamiento.
Decisión por decisión.
Acción por acción.

Y hoy, mientras espero la calificación definitiva de mi examen, puedo decir que estoy profundamente agradecida de haber encontrado un método que me ha enseñado a mirar el cambio de esta manera.

Porque quizás el verdadero examen nunca estuvo solamente en las preguntas que contesté hoy.

El verdadero examen está en cómo elijo aplicar lo aprendido cuando la vida me presenta la siguiente pregunta.

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