La verdadera fuerza de la energía masculina

Durante mucho tiempo creí que una de mis responsabilidades como instructor era evitar que mis alumnos cometieran errores. Cuando identificaba una conducta o decisión que podía perjudicarlos, invertía demasiado tiempo explicando el mismo tema una y otra vez. Mi intención era ayudarlos, pero con el tiempo comprendí que incluso una buena intención puede convertirse en una forma de control.

Querer proteger a alguien no siempre significa que sepamos acompañarlo. En ocasiones, detrás de nuestro deseo de corregir existe una dificultad para aceptar que la otra persona tiene derecho a vivir su propio proceso. Queremos evitarle el dolor, la equivocación o las consecuencias; sin embargo, olvidamos que muchas de las lecciones más importantes de nuestra vida surgieron precisamente de nuestros errores.

Como instructor, he aprendido que mi responsabilidad no es tomar todas las decisiones por mis alumnos. Tampoco puedo recorrer por ellos el camino que les corresponde. Mi función es proporcionarles herramientas, hacerles preguntas y ayudarlos a desarrollar la capacidad de encontrar sus propias respuestas.

Existe una diferencia profunda entre sostener y controlar. Controlar es intentar dirigir el resultado porque creemos saber qué es lo mejor para la otra persona. Sostener es permanecer presente mientras esa persona descubre qué necesita aprender. Controlar exige obediencia; sostener fomenta conciencia y responsabilidad.

Esta comprensión no nació solamente de mis aciertos. También surgió de uno de mis errores: perder la cordura y lastimar los sentimientos de alguien al no saber regular mis emociones. Reconocerlo fue difícil, pero hacerme responsable abrió la posibilidad de evolucionar humana y emocionalmente.

La responsabilidad no consiste en castigarnos indefinidamente ni en justificar nuestras acciones. Consiste en reconocer el daño, comprender qué ocurrió dentro de nosotros y comprometernos a responder de manera diferente. Sanar no cambia el pasado, pero transforma la persona desde la cual enfrentaremos el futuro.

Ahora, cuando siento que una emoción intensa podría llevarme a reaccionar impulsivamente, respiro y hago una pausa. En ese espacio intento analizar las consecuencias de actuar desde la emoción del momento. Esa pausa no siempre es sencilla. En ocasiones, contenerse requiere más fuerza que reaccionar.

A muchos hombres se nos ha enseñado que la fortaleza se demuestra actuando de inmediato, teniendo respuestas y tomando el control. Pero existe otro tipo de fuerza: la capacidad de permanecer con lo que sentimos sin convertirlo automáticamente en una acción. Respirar, observar y expandir nuestra conciencia también son expresiones de energía masculina.

Cuando logramos ampliar la perspectiva, podemos mirar más allá de los papeles rígidos de víctima y victimario y reconocer a seres humanos experimentando su existencia desde distintos niveles de conciencia. Esto no significa negar el daño ni eliminar la responsabilidad. Significa entender que una persona no tiene que quedar reducida para siempre a su peor acción, y que todos poseemos la capacidad de aprender, reparar y evolucionar.

Esta transformación también modificó mi manera de enseñar. En lugar de decirle inmediatamente a un alumno qué debe hacer, procuro guiar su proceso de resolución de problemas. Le hago preguntas, lo ayudo a observar sus opciones y permito que sea él o ella quien llegue a una conclusión. De esta manera, no solamente resolvemos una dificultad inmediata: desarrollamos criterio, seguridad y autonomía.

Imagino cuánto cambiarían nuestras relaciones de pareja, nuestras familias y nuestras comunidades si más hombres aprendiéramos a acompañar de esta forma. Si, antes de imponer una respuesta, pudiéramos escuchar. Si, antes de rescatar, pudiéramos preguntar. Si, antes de reaccionar, pudiéramos respirar.

Probablemente crearíamos un mundo más empático.

Sostener no significa permanecer pasivo ni tolerar todo. También implica establecer límites, hablar con honestidad y actuar cuando sea necesario. La diferencia está en que nuestras acciones ya no nacen del miedo a perder el control, sino de una conciencia más amplia de nosotros mismos y de las consecuencias que generamos.

A cualquier hombre que confunda amar con proteger, proteger con impedir los errores e impedir los errores con controlar la vida de los demás, le diría esto: la mejor manera de ayudar comienza sanándote a ti mismo y teniendo conversaciones honestas sobre aquello que llevas dentro.

Porque algunas veces el mejor regalo que podemos ofrecer no es una respuesta ni una solución. Es nuestra presencia consciente mientras la otra persona encuentra su propio camino.

Carlos Ávila

Carlos Avila

Carlos Ávila es un practicante y guía en el camino del desarrollo personal, con más de 20 años de experiencia en las artes marciales y 4º Dan en Hapkido. Originario de Ciudad Juárez, Chihuahua, México, emigró a Estados Unidos en 1999 y posteriormente se estableció en el área de Atlanta, Georgia. Actualmente, se desempeña como Head Instructor en Choe’s Hapkido of Duluth, donde continúa su labor como instructor y mentor.

Desde joven, comenzó su camino en las artes marciales a los 13 años, impulsado por un entorno exigente que lo llevó a desarrollar independencia, carácter y una forma de defenderse tanto física como verbalmente, sin perder la amabilidad como principio. A lo largo de los años, ha construido su disciplina a través de la constancia, el trabajo duro y la capacidad de mantenerse firme incluso en la incomodidad, entendiendo que ahí es donde ocurre el verdadero crecimiento.

A través de su enseñanza, Carlos acompaña a personas que llegan con inseguridad y baja autoestima a reconectar con su propio potencial. Su enfoque no se limita a la técnica, sino que promueve el desarrollo de atención, enfoque y respeto en niños; liderazgo en jóvenes; y seguridad interna y externa en adultos, fortaleciendo tanto el aspecto emocional como físico.

Actualmente, además de enseñar Hapkido, Carlos está desarrollando seminarios de defensa personal enfocados en team building para empresas y continúa profundizando en su propio proceso de crecimiento personal, así como en la creación de espacios de comunidad.

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