Está bien no estar bien

Encontrar sentido cuando la vida cambia de rumbo

Muchas veces nos enfocamos tanto en hacerlo todo bien y en sentirnos bien que olvidamos darnos permiso de atravesar los momentos difíciles. Queremos tener claridad, mantener la calma y encontrar pronto una solución. Pero ¿qué sucede cuando comprendemos lo que necesitamos hacer y, aun así, no nos sentimos preparados para hacerlo?

A veces miras el camino, pero las piernas no te responden.

La pérdida de un ser querido, un cambio laboral o el final de una etapa pueden colocarnos en ese lugar. Podemos entender que todos estamos aquí temporalmente y seguir sintiendo el dolor de una ausencia. Podemos reconocer que necesitamos comenzar de nuevo y, sin embargo, sentirnos detenidos frente al primer paso. Comprender una situación y asimilarla emocionalmente no siempre ocurre al mismo tiempo.

Por eso, darnos permiso de no estar bien también forma parte de cuidarnos. La tristeza, el miedo y la confusión merecen un espacio, sin que tengamos que convertirlos inmediatamente en una respuesta o una solución.

Encontrar sentido sin apresurar el proceso

Cuando la vida cambia de rumbo, es natural buscar algo que nos sostenga. Para muchas personas, creer en Dios o en algo más grande que nosotros es una fuente de esperanza. La fe puede acompañarnos cuando todavía no encontramos respuestas y abrirnos a la posibilidad de que exista cierto orden dentro de lo que hoy percibimos como desorden.

Una lectura que reafirmó algunas de las creencias que he construido con los años fue El plan de tu alma, de Robert Schwartz, recomendado por mi psicóloga, Tania Beto. Su propuesta espiritual contempla la posibilidad de que, como almas, elijamos antes de nacer ciertos vínculos y experiencias para aprender a través de ellos.

Esta mirada resuena conmigo, aunque cada persona puede encontrar su propia manera de comprender lo que vive. Al mismo tiempo, creo que debemos acercarnos a estas ideas con sensibilidad: encontrar un aprendizaje no significa que alguien merezca sufrir, que sea responsable de lo que le ocurrió o que deba descubrir inmediatamente un propósito en su dolor.

El dolor no siempre señala una lección pendiente. A veces expresa cuánto hemos amado, cuánto ha cambiado nuestra vida o cuánto tiempo necesitamos para asimilarlo. Encontrar sentido en una pérdida tampoco exige dejar atrás a quien amamos.

Podemos preguntarnos: “¿Qué me está mostrando este momento? ¿Qué necesito cuidar? ¿Qué puedo hacer diferente?”. También podemos aceptar que, por ahora, no tenemos una respuesta. La búsqueda de sentido puede acompañarnos sin convertirse en otra exigencia.

Cambiar la perspectiva, acompañados

Incluso cuando no sabemos si lo que sucede tiene un propósito, contamos con una capacidad extraordinaria: mirar nuestra experiencia desde otro ángulo. No siempre elegimos lo que nos ocurre, pero podemos ir encontrando maneras de responder a ello.

Ese cambio de perspectiva puede comenzar con una pregunta más amable. En lugar de exigirnos resolver toda nuestra vida, preguntarnos cuál es el siguiente paso que hoy sí podemos dar.

Sin embargo, reconocer ese paso no garantiza que nos sintamos listos para darlo. Cuando cambia nuestro rumbo, también se altera una estructura invisible de hábitos, expectativas y rutinas. Lo conocido nos ofrece seguridad; perderlo puede hacernos sentir vulnerables. Necesitamos tiempo para adaptarnos a una realidad que todavía nos resulta extraña.

Aquí entra nuestra tribu: esas personas con quienes podemos hablar sin tener que aparentar que todo está bajo control. Nos escuchan, nos ofrecen otra perspectiva y nos recuerdan capacidades que, en medio del miedo, nos cuesta reconocer.

A veces una conversación no resuelve el problema, pero nos ayuda a sentirnos suficientemente acompañados para comenzar a movernos. Recibir apoyo también es una forma de avanzar.

Tres formas de acompañarnos

Además del apoyo de otros, hay prácticas cotidianas que pueden ayudarnos a transitar estos momentos. Cada persona encontrará su ritmo; estas son tres que considero valiosas.

La primera es practicar la gratitud por lo cotidiano. Respirar, tener acceso a agua potable, encontrar comida en la mesa, descansar en una cama o contar con un techo. La costumbre puede volver casi invisibles estas cosas, hasta que nos detenemos a reconocerlas.

Agradecerlas nos recuerda que, incluso en un día difícil, hay algo que nos sostiene. Esa gratitud puede convivir con la tristeza: reconocer lo que tenemos no nos obliga a negar lo que duele.

La segunda es cuidar el cuerpo y aquello con lo que alimentamos la mente. Movernos, hacer ejercicio según nuestras posibilidades, descansar y buscar lecturas o conversaciones que nos aporten calma y esperanza son formas de acompañarnos mientras procesamos un cambio.

Alimentar la mente con algo positivo también incluye encontrar espacios donde podamos expresar nuestras emociones con honestidad. Cuidarnos requiere escuchar el cansancio, reconocer nuestras necesidades y permitirnos recibir ayuda.

La tercera es tener paciencia con nosotros mismos y con los demás. Podemos comprender algo hoy y necesitar más tiempo para incorporarlo a nuestra vida. Habrá días de avance y días en los que apenas podamos sostener lo cotidiano. Ambos merecen respeto.

La misma paciencia que necesitamos puede ayudarnos a mirar a otros con mayor empatía. No siempre sabemos lo que alguien está atravesando, ni cuánto esfuerzo le está costando dar un paso que desde fuera parece sencillo.

Un paso a la vez

Tal vez vivir con mayor conciencia incluya aprender a estar presentes incluso cuando sentimos dolor o incertidumbre. Escuchar lo que nos pasa, reconocer nuestros límites y permitirnos recibir apoyo también forman parte de ese camino.

No necesitamos salir de cada crisis convertidos inmediatamente en una mejor versión de nosotros mismos. Podemos comenzar por agradecer algo pequeño, cuidar nuestro cuerpo, conversar con alguien cercano y dar un paso posible.

Está bien no estar bien a veces. Y mientras encontramos nuestro rumbo, podemos permitir que otros caminen a nuestro lado.

¿Qué te sostiene hoy, incluso en medio de lo que todavía no comprendes?

Carlos Ávila · Conciencia Aplicada

Carlos Avila

Carlos Ávila es un practicante y guía en el camino del desarrollo personal, con más de 20 años de experiencia en las artes marciales y 4º Dan en Hapkido. Originario de Ciudad Juárez, Chihuahua, México, emigró a Estados Unidos en 1999 y posteriormente se estableció en el área de Atlanta, Georgia. Actualmente, se desempeña como Head Instructor en Choe’s Hapkido of Duluth, donde continúa su labor como instructor y mentor.

Desde joven, comenzó su camino en las artes marciales a los 13 años, impulsado por un entorno exigente que lo llevó a desarrollar independencia, carácter y una forma de defenderse tanto física como verbalmente, sin perder la amabilidad como principio. A lo largo de los años, ha construido su disciplina a través de la constancia, el trabajo duro y la capacidad de mantenerse firme incluso en la incomodidad, entendiendo que ahí es donde ocurre el verdadero crecimiento.

A través de su enseñanza, Carlos acompaña a personas que llegan con inseguridad y baja autoestima a reconectar con su propio potencial. Su enfoque no se limita a la técnica, sino que promueve el desarrollo de atención, enfoque y respeto en niños; liderazgo en jóvenes; y seguridad interna y externa en adultos, fortaleciendo tanto el aspecto emocional como físico.

Actualmente, además de enseñar Hapkido, Carlos está desarrollando seminarios de defensa personal enfocados en team building para empresas y continúa profundizando en su propio proceso de crecimiento personal, así como en la creación de espacios de comunidad.

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